El comienzo de mi búsqueda
Una experiencia
personal fue el punto de partida para empezar a escribir este blog. En él
quiero compartir mis puntos de vista acerca de cómo la mirada del otro es el
factor determinante a la hora de construir nuestras identidades en estos
tiempos de redes sociales, especies de vidrieras donde un influencer es alguien
que influye sobre otros simplemente por su aspecto o estilo de vida pero no a partir
de ideas. Este espacio lo abro con una reflexión surgida como resultado de una intoxicación provocada por el sudor
impregnado de esteroides en un pequeño gimnasio de una ciudad dormitorio cercana
a Córdoba Capital.
Me mire un día
al espejo y solo pude decir lo siguiente: y bue… es lo que hay. Entonces me
encontré con dos opciones, por un lado podía ingerir hormonas cual pollo de
criadero, o anotarme en un gimnasio para intentar comprobar que arriba de los
huesos hay algo que llaman músculos, que siempre fueron para mi más que una
realidad, una leyenda urbana. Entonces allá fui, y con mucho empeño conseguí
algo, que la columna presionara un nervio como consecuencia de hacer
sentadillas con 40 kilogramos a cuestas. En ese instante me di cuenta que era víctima
de un estereotipo de belleza impuesto. Por qué no puedo ser flaco si al fin y
al cabo es la forma con la que nací, y salvo que vuelva a nacer, seguramente así
seré hasta que me vaya de este mundo.
En medio de pesas y
mancuernas me decidí a indagar acerca del origen de esta presión para
parecernos a una especie de reencarnación de Adonis, que nos lleva a muchos
hombres, a someternos a sesiones de gimnasio que tienen más de tortura que de
sano ejercicio físico.
Empezaré por decir
que sería muy difícil escapar de esta situación pues forma parte de la sociedad
en la que vivimos donde , desde finales del siglo XX, la juventud y la belleza
son los valores centrales que definen nuestras vidas, los cuales, a su vez, son
internalizados a partir de unos poderosos agentes de socialización, los medios
masivos de comunicación.
Debemos tener en
cuenta, además, que esta situación se produce de la mano de transformaciones
sociales y económicas, en la que, las instituciones tradicionales como la
religión y la familia experimentan profundas transformaciones, y de esa forma
la cultura y las cuestiones vinculadas a la vida del espíritu, pierden
importancia frente al placer y los bienes materiales, aquellos que podemos
disfrutar aquí y ahora. El hedonismo,
como búsqueda de placer, y la inmediatez, se convierten en actitudes de vida, a
la vez sociales e individuales.
Como resultado de
esta nueva actitud de vida, construimos nuestras identidades a partir de los
valores de la sociedad de consumo, inserta en un cuerpo convertido en el lugar
privilegiado donde se produce la mediación de la experiencia humana, y que,
refleja lo que fuimos, somos y seremos. Ahora es el cuerpo el sujeto de culto
al que le dedicamos toda nuestra atención, en detrimento del cultivo de la
mente y el espíritu.
A partir de lo que
antes mencione podemos inferir que a la imagen corporal no la construimos desde
adentro, sino que, por el contrario, la elaboramos a partir de influencias
externas, como los medios masivos de comunicación y la publicidad, que en este
asunto cumplen un rol determinante.
Los medios nos dan
una idea de cómo deben lucir nuestros cuerpos, una idea que tiene la forma de
un mandato social. En cierta medida, en esta sociedad, nuestra felicidad y
éxito estará determinado por cuan cerca estemos de alcanzar este ideal
estético. Si nuestra apariencia se encuentra lejana de aquello que nos es
impuesto, la angustia y la frustración pueden volverse la norma en nuestras
vidas. Esta lógica perversa gira en torno a una concepción de belleza universal
que ignora las particularidades de cada individuo. Su influencia no solo se
ejerce sobre las personas y la manera en que se ven a si mismos, sino también
en la forma que nos relacionamos con los otros.
La publicidad y los
medios masivos de comunicación difunden un modelo de belleza orientado hacia un
cuerpo de tipo fitness, o sea,
atlético y musculoso, que aparece además como símbolo de salud y éxito. Sin
embargo, los cuerpos concebidos desde este ideal, pueden llevar a enormes
frustraciones cuando la propia complexión dista de parecerse a estos
cánones. De esta forma vemos que,
compararnos con estándares de belleza inalcanzables, puede convertirse en una
experiencia devastadora y llevarnos a un camino de baja autoestima,
insatisfacción con uno mismo, y peor aún, a psicopatologías y conductas
obsesivas.
Entonces debemos
preguntarnos qué tipo de vida queremos y en qué cuerpo vamos a transcurrirlas.
Debemos plantearnos si queremos ser esclavos de ideales
de belleza impuestos por poderosos mecanismos de socialización, como la
publicidad y los medios masivos de comunicación, o aprenderemos a ser felices
con nuestros cuerpos, como símbolos de nuestra individualidad, a la vez que
partes de un todo llamados humanidad. Creo que lo importante es amarse a uno
mismo desde aquello que nos hace únicos, escapándonos de imposiciones
arbitrarias que nos llevan a castigar nuestras corporalidades con el afán de
alcanzar cánones irrisorios.

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